Los procesos judiciales contra Donald Trump son uno de los temas fundamentales del debate público estadounidense en el contexto inicial de la campaña republicana por definir quién será el candidato presidencial del partido para el 2024.
Tal y como lo hizo en el 2016, Donald Trump ha logrado concentrar buena parte de los focos de atención sobre él, convirtiendo su propio nombre en una referencia obligada y constante no solo de todos los medios de comunicación, sino también del discurso de los otros candidatos.
Para Ron DeSantis, Mike Pence, Nikki Haley, Tim Scott, Chris Christie o Vivek Ramaswamy resulta casi imposible no hablar de Donald Trump a diario, bien sea para responder a algún ataque o comentario que el ex presidente tenga a bien hacer en público sobre alguno de ellos, o para reaccionar a alguna noticia sobre él.
La omnipresencia de la figura de Donald Trump en casi todos los espacios de discusión y comunicación es algo que debe ser materia de estudio y análisis profundo de todos los comandos de campaña, indistintamente de sus signos políticos (republicanos o demócratas) y de sus alcances (nacional, estadal o local). Donald Trump es hoy, y una vez más, una parte esencial del marco del pensamiento y reflexión de los electores, y, en buena medida, es por él o contra él que se movilizan.
Ante esta realidad, la primera decisión que deben tomar todos los comandos de campaña es la de definir estratégicamente cómo abordar de manera disciplinada y correcta el tema “Trump”. Cómo referirse a él, cuándo hacerlo, y qué decir o comunicar en cada caso y ante cada público, deben ser preguntas cuyas respuestas estén claras para todos los actores envueltos en la contienda electoral del 2024.
Dándole un vistazo previo y superficial a esta tarea estratégica, vale la pena destacar dos vías de posicionamiento que el ex presidente y de nuevo candidato presidencial ha estado utilizando para potenciar su nombre en el debate público: (1) construcción y aprovechamiento de los vínculos identitarios, y (2) construcción y aprovechamiento de las relaciones de intereses.
Sobre la primera vía, debe decirse que, desde hace varios años, Donald Trump ha sido insistente en tratar de fundir su figura con los elementos identitarios de su principal base electoral: blancos estadounidenses que residen en zonas rurales y que no cuentan con educación universitaria.
Por ello, se ha descrito a sí mismo como un líder no político (para alinearse con la desconfianza hacia el sistema político que define y aglutina a la mayoría de sus seguidores), marginado y despreciado por las élites (los medios de comunicación, la academia y universidades, autoridades públicas, artistas, etc.), que desea beneficiar a la clase trabajadora trayendo de vuelta lo que sus enemigos le han quitado: puestos de trabajo.
Todos estos son elementos clave de la identidad de un grupo, y por ello los psicólogos sociales Steve Reicher y Alexander Haslam apuntaron que los eventos de campaña de Trump eran “festivales de identidad que representaban una esperanza política” para sus seguidores.
Tratando de explotar esa relación identitaria, Donald Trump ha dicho de manera explícita, en eventos públicos con simpatizantes de su campaña presidencial, que todos los procesos judiciales en su contra no son en realidad un ataque contra él, sino contra los estadounidenses (haciendo alusión a su base de apoyo). “I’m being indicted for you” dijo textualmente en Michigan durante el pasado mes de junio.
Las campañas alternativas a la candidatura de Donald Trump deben encontrar sus propias vías para conectar a sus candidatos con los elementos identitarios de sus respectivas bases de apoyo electoral. Ese es el primer reto que deben enfrentar y superar para poder contrarrestar la presencia permanente de la figura de Trump en el discurso público.
En el caso específico de los latinos, el presidente Biden anunció a Julie Chávez Rodríguez, nieta del reconocido activista César Chávez, como su gerente de campaña para la reelección. Este anuncio tiene la clara intención de conectar con el electorado latino a través de sus vínculos identitarios. Este paso es podría ser un avance para acercar y fortalecer la figura de Biden entre los latinos, pero en ningún sentido es suficiente.
Se deben determinar y explotar características propias del candidato (en primera persona) que se puedan alinear con la identidad propia del grupo que se quiere sensibilizar (en este caso los latinos).
Sobre la vía relativa al aprovechamiento de las relaciones de intereses grupales para posicionar a un candidato ante su electorado, hay que señalar que Donald Trump ha sido especialmente efectivo en resaltar los indicadores económicos de los Estados Unidos previos a la pandemia, y en consolidar la idea de que él es un líder capaz de producir prosperidad para el beneficio de todo el país.
Así, el ex presidente trata de conectarse con uno de los principales intereses del electorado estadounidense, que definió hace varias décadas atrás James Carville con una frase icónica: “It’s the economy, stupid”.
Esta vía de las relaciones de intereses no excluye a la primera mucho más relacionada con las características identitarias, sino que le sirve de complemento para, en algunos casos, subsanar cualquier deficiencia en la construcción de vínculos convenientes entre el candidato y su electorado.
Por ello, por ejemplo, considerando específicamente al electorado latino, Donald Trump ha hecho esfuerzos por alimentar la idea de que, a pesar de no tener una relación identitaria positiva y sólida con ellos, él podría ser la mejor vía para procurarles prosperidad y empleos. De esta forma se apelaría a un cálculo pragmático para tratar de convencer a quienes no sientan afinidad emocional o identitaria con el candidato. “A mi no me gusta Trump, pero con él la economía podría estar mejor” es el pensamiento que procura estimular esta vía.
El equipo de campaña del presidente Biden ha identificado también esta vía como un elemento fundamental a ser atendido, y por ello, desde hace algunos meses, ha desarrollado una campaña comunicacional denominada “Bidenomics”, para hacer ver los avances y logros económicos de la gestión de la administración actual. Vale la pena señalar que esta campaña ha hecho especial énfasis en llegarle a la opinión pública latina, entendiendo que esa ha sido una de las vías fundamentales por las cuales el ex presidente Trump ha apelado al favor de sus votantes.
De igual forma, el equipo de campaña del gobernador de Florida y candidato presidencial Ron DeSantis, ha apuntalado hacia el electorado republicano un mensaje concentrado en un interés común de ese grupo: desalojar a los demócratas de la Casa Blanca. Por ello, DeSantis ha reconocido públicamente que Donald Trump perdió la pasada elección presidencial y además ha dicho que el ex presidente no podría ganar la elección contra Biden en el 2024, ello por sus altos niveles de rechazo. Así, DeSantis apela al pragmatismo de la base republicana para contrarrestar la relación identitaria que ese grupo tiene con Trump, tratando de fortalecer una idea que podría resumirse así: “a mí me gusta Trump, pero DeSantis tiene más oportunidad de ganarle a Biden”.
En definitiva, a juzgar por el contexto actual, y teniendo presente las experiencias de las dos campañas presidenciales anteriores (2016 y 2020), todos los comandos de campaña alternativos al de Donald Trump deben pensar en el ex presidente no como un candidato más, sino como un tema del interés de la opinión pública ante el cual hay que saber actuar y comunicar estratégicamente.
